Apocalipsis 20:5
“Pero los otros muertos no vivieron hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.”
Generalmente se asume que la primera resurrección mencionada en Apocalipsis 20 corresponde exclusivamente a los santos descritos en los versículos anteriores. Sin embargo, el propio texto plantea una pregunta importante: ¿quiénes son los “otros muertos” y por qué se dice que no vivieron hasta que se cumplieron mil años? Para responder esta pregunta es necesario examinar el tema de la resurrección a la luz de Daniel 12, Juan 5, Mateo 24, 1 Tesalonicenses 4, 1 Corintios 15, Apocalipsis 12 y Apocalipsis 20.
Todos estaban muertos
La Escritura enseña que toda la humanidad se encontraba bajo el dominio de la muerte. Esta condición no describe a personas físicamente muertas, sino la separación producida por el pecado y el régimen adámico, pues cuando Adán pecó no fue que dejará de respirar inmediatamente.
fueron todos los días que vivió Adán novecientos treinta años; y murió (Gen.5.5)
Por esta razón, cuando Jesús habló de la resurrección, se dirigió a personas que aún vivían en su cuerpo mortal, declarando:
“Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.” (Jn. 5:25)
El énfasis no recae sobre tumbas físicas; de ser así, Jesús habría predicado en cementerios. Sin embargo, lo vemos predicando a multitudes, a hombres y mujeres que respiraban, pero que permanecían bajo el dominio de la muerte heredada de Adán. Pablo describe la misma condición en Ef. 2:1 o Col. 2:13.
Referencias:
- Rom. 5:12
- Rom. 3:23
- Ef. 2:1
- Col. 2:13
Por tanto, antes de examinar quiénes son los “otros muertos” de Apocalipsis 20:5, debemos reconocer que toda la humanidad se encontraba bajo un mismo régimen de muerte.
Los muertos oyen la voz del Hijo
Jesús declaró:
“Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.” (Jn. 5:25)
Esta declaración es fundamental, pues Jesús está anunciando el cumplimiento de una promesa mesiánica que había sido anunciada por Daniel:
“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados; unos para vida eterna…” (Dn. 12:2)
Al decir “viene la hora, y ahora es”, Jesús afirmaba que aquella promesa había comenzado a cumplirse.
Los muertos a quienes Jesús se dirigía permanecían bajo el dominio de la muerte, aúnque seguían viviendo en su cuerpo mortal, es decir, seguían respirando y vivían una vida normal como cualquier mortal. Sin embargo, al oír la voz del Hijo comenzaban a participar de la vida.
Por esta razón, Jesús añadió:
“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.” (Jn. 5:28)
Daniel no presenta dos grupos físicamente resucitados siglos después, sino una separación dentro de una humanidad que permanecía bajo el mismo régimen de muerte. Algunos despertarían para vida, mientras que otros despertarían para vergüenza y confusión.
Así, la resurrección comienza con aquellos que oyen la voz del Hijo y participan de su vida, pues la hora anunciada por Jesús ya había llegado.
Referencias:
- Dan. 12:2
- Jn. 5:25
- Jn. 5:28-29
- Ef. 5:14
Los Sepulcros y el Polvo de la Tierra
Daniel habló de aquellos que dormían en el polvo de la tierra (Dn. 12:2), mientras que Jesús habló de quienes estaban en los sepulcros (Jn. 5:28). Ambas expresiones describen la condición de una humanidad que permanecía bajo el dominio de la muerte.
Para comprender este lenguaje es importante observar cómo utilizaba Jesús la palabra “muertos”. Cuando declaró:
“Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.” (Mt. 8:22)
no estaba estableciendo dos clases distintas de muerte. El cadáver que iba a ser sepultado estaba muerto, pero también lo estaban quienes lo llevaban al sepulcro. La diferencia era que unos habían dejado de respirar mientras que los otros continuaban viviendo en su cuerpo mortal. Sin embargo, desde la perspectiva de Cristo, todos permanecían bajo el dominio de la muerte.
Esta misma idea aparece cuando Jesús se dirigió a los líderes religiosos:
“Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos…” (Mt. 23:27)
Aquellos hombres no eran tumbas de piedra ni construcciones de cemento. Eran personas vivas que caminaban, respiraban y ejercían autoridad religiosa. Sin embargo, Jesús los describió como sepulcros porque permanecían bajo la muerte.
La humanidad había sido separada de la gloria de Dios:
“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.” (Rom. 3:23)
Por esta razón, cuando Daniel habló de quienes dormían en el polvo de la tierra y Jesús habló de quienes estaban en los sepulcros, el énfasis no recae necesariamente sobre tumbas literales, sino sobre una humanidad que necesitaba ser despertada de la muerte.
“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados; unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna.” (Dn. 12:2)
“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.” (Jn. 5:28)
Del mismo modo, cuando Jesús habla de quienes están en los sepulcros, no necesariamente está trasladando la atención a tumbas literales, sino a la misma humanidad que permanecía bajo el régimen de muerte descrito por Daniel y por los profetas.
Así, el despertar anunciado por Daniel y la voz del Hijo anunciada por Jesús describen una misma realidad: hombres y mujeres que debían ser llamados desde la muerte a participar de la vida manifestada en Cristo.
Referencias:
- Gn. 2:7
- Dn. 12:2
- Mt. 8:22
- Mt. 23:27
- Jn. 5:28
- Rom. 3:23
- Ef. 5:14
Cristo, las Primicias
La resurrección no comienza con toda la humanidad, sino con Cristo. Pablo declara:
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.” (1 Co. 15:20)
Al llamarlo “Primicias”, Pablo establece un principio fundamental: la resurrección no ocurre de manera aislada, sino siguiendo un orden.
“Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo…” (1 Co. 15:23)
Cristo resucitó como Primicias de la nueva creación. Así como Adán fue cabeza de una humanidad que participaba de la muerte, Cristo se manifestó como cabeza de una nueva creación llamada a participar de la vida.
Por esta razón Pablo también afirma:
“Y si las primicias son santas, también lo es la masa restante.” (Rom. 11:16)
La resurrección de Cristo no constituyó el final del proceso, sino su comienzo.
Referencias:
- 1 Co. 15:20
- 1 Co. 15:23
- Col. 1:18
- Rom. 11:16
- Hch. 26:23
El Hijo Varón y la Generación Apostólica
La resurrección manifestada en Cristo no permaneció aislada. Así como el calendario profético distinguía entre las Primicias y la cosecha final, también existió una generación llamada a participar primero de aquella vida.
Juan describe esta realidad mediante la figura del hijo varón:
“Y dio a luz un hijo varón, que había de regir a todas las naciones con vara de hierro…” (Ap. 12:5)
Esta generación corresponde a los discípulos, apóstoles y testigos de la resurrección que participaron primero de la vida manifestada en Cristo. Dentro del lenguaje simbólico de Apocalipsis, el hijo varón representa a estos primeros participantes de la nueva creación, es decir, las Primicias de la cosecha que Dios estaba levantando.
Sin embargo, el hijo varón no agota la identidad de la mujer. La mujer representa al pueblo de Dios en su conjunto. De ella surge el hijo varón como una compañía particular llamada a participar primero de la resurrección, del reino y del juicio junto con Cristo. Después del arrebatamiento del hijo varón, la mujer continúa presente en la visión, siendo preservada en el desierto durante el período de transición entre ambos regímenes.
De esta manera, el hijo varón y la mujer no constituyen dos pueblos distintos, sino dos aspectos de una misma realidad. El hijo varón representa las Primicias; la mujer representa la comunidad más amplia de creyentes a la cual pertenecen tanto judíos como gentiles incorporados al pueblo de Dios.
“De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.” (Mt. 24:34)
La expresión “esta generación” no designa exclusivamente a los discípulos ni exclusivamente a los líderes apóstatas. Ambos pertenecían a la misma generación histórica sobre la cual recaería el cumplimiento de las promesas y del juicio. Mientras la generación apostólica participaría del reino, de la resurrección y del juicio junto con Cristo, la generación apóstata comparecería para rendir cuentas por toda la sangre derramada desde Abel hasta Zacarías. Así, una misma generación contempla simultáneamente la cosecha y el lagar, la vida y el juicio, el establecimiento de la nueva creación y el fin del antiguo régimen.
Su papel dentro del plan de Dios había sido anunciado por las fiestas. Después de las Primicias venía la fiesta de las Semanas, también llamada la fiesta de las primicias de la siega del trigo:“También celebrarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año.” (Ex. 34:22)
La Ley no solamente hablaba de una gavilla presentada delante de Dios, sino también de primeros frutos procedentes de la labranza. Pablo identifica a los creyentes como la labranza de Dios:
“Porque somos colaboradores de Dios; y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.” (1 Co. 3:9)
Estos primeros frutos estaban reservados para Dios. Las ofrendas de primicias eran presentadas delante de Él mediante fuego, aceite e incienso:
“Si ofrecieres a Dios ofrenda de primicias, tostarás al fuego las espigas verdes…” (Lev. 2:14)
“El sacerdote hará arder el memorial de él… es ofrenda encendida para Dios.” (Lev. 2:16)
Por esta razón, la generación apostólica no solamente participó primero de la vida manifestada en Cristo, sino también de sus padecimientos, de su testimonio y de su presentación delante de Dios. Así como Cristo fue ofrecido como sacrificio agradable, también ellos fueron presentados mediante tribulación, persecución y martirio.
De la misma manera que Abel fue perseguido por Caín, también esta generación fue perseguida por aquellos que rechazaron al Mesías. Por ello Jesús declaró:
“Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel…” (Mt. 23:35)
La fiesta de la cosecha a la salida del año anunciaba la gran siega del fin del siglo, cuando el trigo sería recogido y el lagar sería hollado:
“La siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.” (Mt. 13:39)
La generación apostólica participó activamente en aquella siega. Ellos fueron los primeros frutos de la labranza de Dios, los segadores del fin del siglo y los testigos llamados a participar del reino y del juicio junto con Cristo.
Por esta razón, aquellos que participaron primero de la vida manifestada en Cristo también participarían de su reino y de su juicio, sentándose con Él para juzgar a las doce tribus de Israel y cerrar definitivamente el antiguo régimen.
Referencias:
- Ap. 12:5
- Mt. 24:34
- Mt. 23:35-36
- Mt. 19:28
- Lc. 22:30
- 1 Co. 6:2-3
Los muertos en Cristo y la Primera Resurrección
La Ley contenía una sombra profética de este proceso mediante el calendario agrícola. La cosecha nunca comenzaba con toda la producción al mismo tiempo, sino con las primicias. Del mismo modo, la resurrección comenzó con Cristo, las Primicias de la nueva creación.
Sin embargo, los apóstoles enseñaron que para participar de aquella vida era necesario participar primero de su muerte.
“Porque si fuimos unidos con Él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la de su resurrección.” (Rom. 6:5)
“Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él.” (Rom. 6:8)
Esta muerte no debe entenderse necesariamente como el fallecimiento físico. De la misma manera que estar muerto en Adán no significaba dejar de respirar, sino participar de la naturaleza adámica y permanecer bajo el dominio del pecado y de la muerte, así también morir con Cristo significa participar de su muerte para participar posteriormente de su vida.
El cuerpo de Cristo fue presentado en semejanza de carne de pecado y fue crucificado. Por esta razón, quienes participan de Cristo son llamados a identificarse con aquella muerte para participar también de su resurrección.
“Con Cristo estoy juntamente crucificado…” (Gál. 2:20)
Esta realidad ayuda a comprender el significado de la resurrección descrita en los evangelios:
“Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.” (Mt. 27:52-53)
El énfasis del relato no recae en una resurrección independiente de Cristo, sino en que ocurre después de su resurrección. Así como Daniel había anunciado que muchos serían despertados del polvo de la tierra (Dn. 12:2), y Oseas había profetizado que Dios daría vida a su pueblo para que viviera delante de Él (Os. 6:2), Mateo presenta una imagen del cumplimiento de aquella promesa.
Los sepulcros representan la condición de una humanidad que permanecía bajo la muerte en Adán. La expresión “salieron de los sepulcros después de la resurrección de Cristo” anuncia que la vida ya había sido manifestada y que otros podían participar de ella.
Por esta razón Apocalipsis distingue entre aquellos que participaron primero de la vida manifestada en Cristo y los “otros muertos” que no vivieron hasta que se cumplieron los mil años (Ap. 20:5). La primera resurrección pertenece a quienes participan de la muerte y de la vida de Cristo, mientras que la destrucción definitiva de la muerte alcanza posteriormente a la masa restante cuando el antiguo régimen llega a su fin.
Referencias:
- Rom. 6:5
- Rom. 6:8
- Col. 2:12-13
- Gál. 2:20
- 2 Tim. 2:11
- 1 Tes. 4:16
- Mt. 27:52-53
- Os. 6:2
La Derrota del Reino de las Tinieblas y la Adopción de los Hijos
Cristo había anunciado una confrontación entre dos reinos. No se trataba simplemente de una disputa entre judíos mosaicos y judíos cristianos, sino del conflicto entre el Reino inaugurado por el Mesías y el reino de las tinieblas que procuraba perpetuar el antiguo régimen.
Por esta razón Jesús responsabilizó a los líderes de su generación por toda la sangre derramada desde Abel:
“Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel…” (Mt. 23:35)
La lucha no era contra carne y sangre, sino contra un orden que se oponía al establecimiento de la nueva creación. En Apocalipsis esta realidad aparece representada por las naciones reunidas contra el campamento de los santos y la ciudad amada:
“Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada…” (Ap. 20:9)
Sin embargo, el resultado ya había sido anunciado por Cristo:
“¿Qué, pues, hará el señor de la viña? Vendrá, destruirá a los labradores y dará su viña a otros.” (Mr. 12:9)
Con la derrota del reino de las tinieblas y el juicio del antiguo régimen desaparece toda reclamación sobre la nueva creación. El antiguo esposo, es decir, la Ley, pierde definitivamente su autoridad sobre la mujer, el Israel según la carne, pues esta había muerto a la ley del marido. Sin embargo, mientras el antiguo régimen permanecía en pie, todavía pretendía reclamar a los hijos que habían sido adquiridos por Cristo. Por eso era necesaria la adopción: no como el comienzo de la vida, sino como la declaración pública y legal de que aquellos hijos ya no pertenecían al antiguo esposo, sino al Hijo.
“Pero si su marido muriere, libre es para casarse con quien quiera…” (1 Co. 7:39)
La imagen apunta al fin del antiguo vínculo y al establecimiento de una nueva relación. Por esta razón Pablo declara:
“Porque el anhelo ardiente de la creación espera la manifestación del Hijo de Dios.” (Rom. 8:19 nvp)
Pero surge una pregunta inevitable: ¿manifestarse como qué?
Cristo ya había sido manifestado en carne, había enseñado, había muerto y había resucitado. Sin embargo, la creación todavía aguardaba su manifestación. Esto demuestra que Pablo no hablaba de la primera manifestación del Mesías como Cordero y Primicias, sino de su manifestación final como Rey, Juez y heredero de todas las cosas.
La Escritura presenta estas dos manifestaciones complementarias del Mesías. Como Alfa, Cristo inauguró la nueva creación mediante su encarnación, muerte y resurrección. Como Omega, llevaría esa misma obra a su consumación mediante el juicio del antiguo régimen, la liberación definitiva de los cautivos, la adopción de los hijos y el establecimiento pleno de su Reino.
La manifestación esperada era, por tanto, la del Hijo ejerciendo plenamente su autoridad real y judicial.
“Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo.” (Jn. 5:22)
“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, entonces se sentará en su trono de gloria.” (Mt. 25:31)
Una vez derrotado el antiguo régimen y manifestado el Hijo en su autoridad real y judicial, aquello que la creación esperaba podía finalmente cumplirse:
“Y no sólo, sino también nosotros, las primicias del Espíritu. Es decir, nosotros gemimos dentro de nosotros mismos esperando ansiosamente la adopción, la redención de nuestro cuerpo.” (Rom. 8:23)
La adopción no representa el comienzo de la vida, pues la vida ya había sido manifestada en Cristo y participada por aquellos que habían oído su voz. La adopción representa la declaración pública, legal y corporativa de los hijos de Dios, una vez eliminado el antiguo régimen que pretendía retenerlos bajo su autoridad. Por eso Pablo une la adopción con la redención del cuerpo: no como redención biológica individual, sino como liberación del cuerpo corporativo que salía de la antigua potestad para pertenecer plenamente a Cristo.
La adopción también posee una dimensión jurídica. Mientras el antiguo régimen permaneciera en pie, podía seguir reclamando autoridad sobre aquellos que habían estado bajo su tutela. Aunque los hijos ya habían recibido vida en Cristo, todavía era necesaria una declaración pública que extinguiera definitivamente toda reclamación del antiguo pacto sobre ellos.
La Ley había sido establecida como tutor e instructor hasta la llegada del Heredero. Su función era custodiar a los hijos y conducirlos hacia Cristo. Sin embargo, después de generaciones enteras bajo su administración, muchos llegaron a identificar al tutor con la herencia misma, olvidando que la herencia pertenecía al Hijo. Por esta razón Jesús presentó a los dirigentes de Israel como los labradores que, al reconocer al heredero, dijeron: “Este es el heredero; venid, matémosle y apoderémonos de su heredad” (Mt. 21:38). Aquello que había sido establecido para conducir a los hijos hasta Cristo terminó reclamando para sí una autoridad que nunca le había pertenecido por medio de quienes administraban ese régimen.
Por esta razón la adopción no debía ocurrir antes del juicio. Primero era necesario que el antiguo régimen fuera condenado y despojado de toda autoridad. Sólo entonces los hijos podían ser reconocidos públicamente como pertenecientes al Hijo y recibir plenamente la herencia que les había sido prometida.
La cuestión no era si los hijos tenían vida, pues ya la habían recibido al oír la voz del Hijo. La cuestión era a qué régimen pertenecían legalmente. Mientras el antiguo pacto permaneciera en pie, la controversia continuaba abierta. La situación guarda un notable paralelismo con el Éxodo. Israel ya era llamado hijo de Dios antes de salir de Egipto (Ex. 4:22), pero Faraón continuaba reclamando autoridad sobre él. Por esta razón fue necesario un juicio que destruyera la potestad egipcia, seguido de un éxodo que trasladara al pueblo de una jurisdicción a otra. Sólo entonces Israel pudo ser reconocido públicamente como el pueblo del pacto y recibir la constitución que regulaba su nueva relación con Dios. De igual manera, los hijos de la nueva creación ya poseían vida en Cristo, pero el antiguo régimen continuaba reclamando autoridad sobre ellos. Por eso la adopción debía esperar al juicio que extinguiera definitivamente toda reclamación del antiguo pacto y manifestara públicamente a los herederos legítimos del Reino.
Pero una vez ejecutado el juicio, toda reclamación quedó extinguida y los hijos fueron manifestados como herederos legítimos del Reino.
La manifestación del Hijo y la manifestación de los hijos forman parte del mismo acontecimiento. Los hijos ya eran hijos antes de la manifestación, tal como Juan declara: “Ahora somos hijos de Dios” (1 Jn. 3:2). Sin embargo, todavía faltaba la manifestación pública de aquello que ya eran. Mientras el antiguo régimen continuara reclamando autoridad sobre ellos, su condición permanecía en disputa.
Por esta razón Juan une ambas realidades: “cuando él se manifieste, seremos semejantes a él” (1 Jn. 3:2). La manifestación del Hijo como Rey, Juez y legítimo Heredero de todas las cosas implicaba simultáneamente la manifestación de aquellos que le pertenecían. Cuando el Hijo fue vindicado públicamente en su autoridad, los hijos también fueron vindicados como herederos legítimos del Reino.
De la misma manera que en el Éxodo Dios manifestó públicamente que Israel era su hijo y sacó a su pueblo de la autoridad de Faraón, así también la manifestación del Hijo puso fin a toda reclamación del antiguo régimen y reveló públicamente a aquellos que pertenecían a la nueva creación.
Así, la siega reúne el trigo, el lagar juzga a los rebeldes, el reino de las tinieblas es derrotado y la nueva creación entra finalmente en aquello que había esperado desde el principio: la manifestación gloriosa del Hijo, la adopción de los hijos y el establecimiento pleno del Reino de Cristo.
Referencias:
Gál. 3:24 (ayo/tutor).
Gál. 4:1-7 (heredero bajo tutores).
Mt. 21:38 (el heredero).
Rom. 8:23 (adopción).
1 jn.3.2 (manifestación)
Los Mil Años y la Plenitud del Reino
Después de describir a quienes participaron primero de la vida de Cristo, Apocalipsis presenta un período simbólico de mil años:
“Y vivieron y reinaron con Cristo mil años.” (Ap. 20:4)
Estos mil años no deben entenderse necesariamente como un período limitado de tiempo, sino como la plenitud del reino inaugurado por Cristo en su resurrección. Las Escrituras afirman repetidamente: su reino no tendrá fin.
“y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. ( Luc.1:33 nvp)
“Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará.” (Dn. 7:14)
Por esta razón, los mil años representan la plenitud y suficiencia del reinado mesiánico, no su duración cronológica.
Dentro de esa plenitud tuvo lugar el período de juicio anunciado por los profetas y por el mismo Señor. Apocalipsis lo representa mediante los cuarenta y dos meses durante los cuales el antiguo régimen llegó a su fin.
Referencias:
- Ap. 11:2
- Ap. 11:3
- Ap. 12:6
- Ap. 13:5
- Mt. 24:21
- Lc. 21:22
Así, los cuarenta y dos meses no constituyen un reino distinto al de Cristo, sino una fase judicial dentro de la misma plenitud de su reino. Durante ese período la generación apostólica participó con Cristo en el juicio del antiguo orden, tal como había sido prometido:
“Vosotros que me habéis seguido, os sentaréis sobre doce tronos para juzgar…” (Mt. 19:28)
Referencias:
- Mt. 19:28
- Lc. 22:30
- 1 Co. 6:2-3
¿Quiénes son los otros muertos y qué es la primera resurrección?
Después de describir a quienes participaron primero de la vida de Cristo, Juan añade una declaración que suele pasar desapercibida:
“Pero los otros muertos no vivieron hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.” (Ap. 20:5)
La pregunta es inevitable: ¿quiénes son estos “otros muertos”?
Si toda la humanidad se encontraba bajo el régimen adámico, entonces la diferencia no radica entre muertos aún respirando y muertos ya fallecidos, sino entre quienes ya participaban de la resurrección, vida en Cristo y los que aún permanecían todavía bajo el régimen de la muerte (no estamos hablando de fallecidos sino personas que aún respiraban y estaban en su cuerpo biológico).
Esta misma separación había sido anunciada por Daniel:
“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados; unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna.” (Dn. 12:2)
Y fue explicada por Jesús:
“Los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio.” (Jn. 5:29)
No se trata de dos humanidades distintas, sino de una misma humanidad enfrentada a dos respuestas diferentes ante la voz del Hijo. Unos oyeron, creyeron y participaron de la vida; otros permanecieron en oposición y recibieron juicio.
Sin embargo, los otros muertos no corresponden al grupo que participó primero de la vida manifestada en Cristo durante el período de transición. Tampoco forman parte de aquellos que Pablo identifica como “los de Cristo en su venida” (1 Co. 15:23), pues éstos ya pertenecían a la cosecha inicial asociada a las Primicias.
Los otros muertos no representan una humanidad diferente de aquella por la cual Cristo murió, sino la masa restante hacia la cual apuntaban las Primicias. Durante el tiempo de transición las Escrituras concentran su atención en Cristo, en el hijo varón, en los mártires, en la mujer preservada en el desierto y en aquellos que participaron primero de la vida manifestada por el Mesías. Sin embargo, el propósito de las Primicias nunca fue permanecer aisladas de la cosecha. Así como la gavilla presentada delante de Dios anunciaba aquello que posteriormente alcanzaría al resto del campo, también Cristo y quienes participaron primero de su vida anticipaban una realidad destinada a extenderse más allá de los protagonistas de la transición.
Por esta razón, los otros muertos deben buscarse después de la consumación. Pablo establece este orden:
“Cristo, las Primicias; luego los de Cristo en su venida; luego la consumación, cuando entregue el Reino al Dios y Padre, después que haya abolido todo dominio, toda autoridad y todo poder.” (1 Co. 15:23-24)
Aunque la muerte había sido vencida por Cristo mediante su resurrección y ya habían comenzado a cumplirse las promesas de Oseas 6:2, Daniel 12:2 y Juan 5:25-29, todavía faltaba su abolición pública, jurídica y definitiva.
“Y el último enemigo en ser abolido es la muerte.” (1 Co. 15:26)
Esta declaración resulta fundamental para comprender Apocalipsis 20:5. Si la muerte fue abolida en la consumación, entonces los otros muertos no podían permanecer indefinidamente bajo su dominio. Precisamente porque la muerte fue destruida, aquello que comenzó con Cristo y continuó con quienes participaron primero de su vida podía alcanzar finalmente a la masa restante.
Por esta razón Juan vincula a los otros muertos con la primera resurrección. Lo que comenzó con Cristo y continuó con aquellos que participaron primero de su vida alcanza finalmente su objetivo pleno cuando el régimen de la muerte queda abolido y la vida se extiende más allá de los protagonistas de la transición.
Cristo resucitó como Primicias. Después de Él, una generación participó primero de aquella vida y reinó con Cristo durante la transición entre ambos regímenes. Sin embargo, el propósito de las primicias nunca fue permanecer aisladas de la cosecha, sino anticipar aquello que alcanzaría a la masa restante.
Durante el tiempo de transición las Escrituras distinguen entre las Primicias y la cosecha, entre el hijo varón y la mujer, entre quienes participaron primero de la vida manifestada en Cristo y aquellos que serían alcanzados posteriormente por el resultado de aquella obra. Sin embargo, una vez consumada la abolición de la muerte, tales distinciones dejan de desempeñar una función profética. La cosecha ha sido reunida y el pueblo de Dios aparece como una sola realidad corporativa bajo la nueva creación.
Bajo la Ley, las primicias no constituían una cosecha distinta de la cosecha final. Eran el primer fruto que anunciaba aquello que después alcanzaría al resto. Del mismo modo, la resurrección comenzó con Cristo, continuó con aquellos que participaron primero de su vida y finalmente alcanzó a la humanidad que permanecía bajo el régimen adámico.
Por esta razón, la primera resurrección no debe entenderse únicamente como la experiencia de un grupo limitado, sino como la abolición efectiva del régimen de muerte una vez concluido el juicio del antiguo orden y establecido plenamente el Reino de Cristo.
El hijo varón, los mártires y la mujer preservada durante el tiempo de transición fueron los protagonistas de aquella etapa entre ambos regímenes; sin embargo, ellos no constituían el objetivo final del propósito redentor.
Del mismo modo que Abraham no fue el destino último de la promesa, sino el instrumento mediante el cual todas las naciones serían bendecidas, así también los primeros participantes de la vida de Cristo anticipaban una realidad mucho mayor.
La primera resurrección recibe este nombre porque representa la resurrección principal y definitiva hacia la cual apuntaba toda la obra del Mesías. Los otros muertos representan precisamente esa gran cosecha. No son un apéndice de la historia de redención, sino su objetivo principal. Lo que comenzó con las Primicias alcanza finalmente a la humanidad, pues la victoria sobre la muerte no tenía como propósito rescatar solamente a un remanente, sino establecer un régimen de vida capaz de extenderse al resto de la creación.
“Y la muerte y el hades fueron lanzados al lago de fuego.” (Ap. 20:14)
Si la muerte misma fue destruida, ¿qué quedaba aún para impedir que los otros muertos vivieran?
Bienaventurado el que tiene parte en la Primera Resurrección
Apocalipsis no solamente habla de la primera resurrección, sino también de aquellos que participaron primero de ella:
“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección…” (Ap. 20:6)
Así como Cristo fue las Primicias de los que durmieron, también hubo una generación que participó anticipadamente de aquella vida. Ellos fueron los testigos de la resurrección, los mártires, el hijo varón y aquellos que se sentaron con Cristo en su trono para juzgar al antiguo régimen.
Por esta razón Apocalipsis los llama bienaventurados, no porque fueran los únicos beneficiarios de la resurrección, sino porque participaron primero de aquello que posteriormente alcanzaría a la masa restante.
Referencias:
- Rom. 11:16
- Ap. 20:6
- Mt. 19:28
- Lc. 22:30
- 1 Co. 6:2-3
La Destrucción de la Muerte
Referencias:
- Is. 25:8
- Os. 13:14
- 1 Co. 15:26
- 1 Co. 15:54-55
- Heb. 2:14
La primera resurrección alcanza su manifestación plena cuando la muerte misma es destruida.
“Y la muerte y el hades fueron lanzados al lago de fuego.” (Ap. 20:14)
Desde Isaías hasta Pablo, la esperanza no consistía en la perpetuación de la muerte, sino en su abolición definitiva.
“Destruirá a la muerte para siempre.” (Is. 25:8)
“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Co. 15:55)
Si la muerte continuara ejerciendo dominio, los otros muertos permanecerían retenidos bajo el mismo régimen adámico. Sin embargo, Apocalipsis declara que la muerte misma fue juzgada y destruida. La desaparición del régimen de muerte abrió paso a una nueva condición para la humanidad bajo el reino de Cristo.
El juicio del gran trono blanco no culmina con la victoria de la muerte, sino con su derrota.
Si la muerte fue destruida y el antiguo régimen llegó a su fin, entonces la pregunta ya no es quién permanece bajo la muerte, sino qué realidad surge después de su abolición.
La Nueva Creación
Con la destrucción de la muerte y el cierre definitivo del antiguo régimen, emerge la nueva creación anunciada por los profetas y los apóstoles.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva creación es.” (2 Co. 5:17)
“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…” (Ap. 21:1)
La primera resurrección no representa simplemente el privilegio de un grupo aislado, sino la transición desde el régimen adámico hacia la nueva creación establecida en Cristo. Las Primicias participaron primero de aquello que posteriormente alcanzó a la masa restante, una vez destruida la muerte y consumado el juicio del antiguo orden.
Referencias:
- Is. 65:17
- Is. 66:22
- 2 Co. 5:17
- Gál. 6:15
- Ap. 21:1
El Reposo Prometido
La consumación no solamente produjo la abolición definitiva de la muerte, sino también la entrada al reposo que había sido prometido desde antiguo.
La historia de Israel muestra que ni la salida de Egipto, ni el paso por el Mar Rojo, ni la entrega de la Ley en el Sinaí, ni siquiera la entrada en la tierra prometida agotaron el propósito de Dios. Por esta razón Hebreos afirma:
“Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios.” (Heb. 4:9)
Israel salió de Egipto, atravesó las aguas, recibió el pacto y heredó la tierra; sin embargo, el reposo permanecía todavía como una realidad futura. Del mismo modo, Cristo murió y resucitó, los creyentes participaron de su vida y recibieron el Espíritu, pero durante el tiempo de transición todavía aguardaban la consumación de todas las cosas.
Este reposo encuentra su representación en la fiesta de los Tabernáculos (Sukkot), la celebración que marcaba la conclusión del ciclo agrícola y la reunión final de la cosecha. Así como las fiestas anteriores conducían progresivamente hacia ella, también toda la obra redentora conducía hacia el momento en que Dios habitaría plenamente con su pueblo.
Por esta razón la esperanza final no consistía simplemente en poseer una tierra, un templo o un sacerdocio, sino en convertirse ellos mismos en el tabernáculo de Dios.
“He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres.” (Ap. 21:3)
Después de la consumación ya no permanece la expectativa propia del tiempo de transición. La adopción ha sido manifestada, la muerte ha sido abolida y el Reino ha sido establecido. La esperanza de gloria ha llegado a su cumplimiento, pues Dios habita en su pueblo y su pueblo habita en Él.
Por ello, el reposo no representa inactividad, sino la consumación de la obra. Lo que antes era esperanza ahora es realidad; lo que antes era promesa ahora es herencia; y lo que antes era un tabernáculo hecho por manos ahora es Dios mismo habitando en su pueblo.
Referencias:
- Heb. 4:3-11
- Lev. 23:34-43
- Zac. 14:16-19
- Ap. 21:3
Conclusión
La primera resurrección no puede entenderse aisladamente de la muerte, el juicio y la nueva creación. La humanidad entera se encontraba bajo el régimen adámico hasta que Cristo resucitó como Primicias de los que durmieron. Aquellos que participaron primero de su vida fueron bienaventurados, pues reinaron con Él y participaron del juicio del antiguo régimen. Sin embargo, las primicias nunca constituyeron una cosecha separada de la masa restante.
Cuando la muerte fue finalmente destruida y el antiguo orden llegó a su fin, la nueva creación quedó establecida bajo el reino de Cristo. Por ello, la primera resurrección representa la victoria definitiva de la vida sobre la muerte y la transición desde el régimen adámico hacia la nueva creación en Cristo.
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Co. 15:22)
Aquellos que permanecieron identificados con el antiguo régimen comparecieron para vergüenza y confusión, mientras que la nueva creación quedó establecida bajo el reino de Cristo.
“Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.” (Ap. 20:15)
Sin embargo, la visión de Juan no concluye con el lago de fuego, sino con la nueva creación, donde la muerte ya no existe y Dios habita con los hombres.
“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…” (Ap. 21:1)
“Y la muerte no será más…” (Ap. 21:4)
