Apocalipsis 20:5
“Pero los otros muertos no vivieron hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.”
Generalmente se asume que la primera resurrección mencionada en Apocalipsis 20 corresponde exclusivamente a los santos descritos en los versículos anteriores. Sin embargo, el propio texto plantea una pregunta importante: ¿quiénes son los “otros muertos” y por qué se dice que no vivieron hasta que se cumplieron mil años? Para responder esta pregunta es necesario examinar el tema de la resurrección a la luz de Daniel 12, Juan 5, Mateo 24, 1 Tesalonicenses 4, 1 Corintios 15, Apocalipsis 12 y Apocalipsis 20.
Todos estaban muertos
La Escritura enseña que toda la humanidad se encontraba bajo el dominio de la muerte. Esta condición no describe a personas físicamente muertas, sino la separación producida por el pecado y el régimen adámico, pues cuando Adán pecó no fue que dejará de respirar inmediatamente.
Y vivió Adán ciento treinta años,..(Gen.5.3)
Por esta razón, cuando Jesús habló de la resurrección, se dirigió a personas que aún vivían en su cuerpo mortal, declarando:
“Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.” (Jn. 5:25)
El énfasis no recae sobre tumbas físicas; de ser así, Jesús habría predicado en cementerios. Sin embargo, lo vemos predicando a multitudes, a hombres y mujeres que respiraban, pero que permanecían bajo el dominio de la muerte heredada de Adán. Pablo describe la misma condición al afirmar:”
Referencias:
- Rom. 5:12
- Rom. 3:23
- Ef. 2:1
- Col. 2:13
Por tanto, antes de examinar quiénes son los “otros muertos” de Apocalipsis 20:5, debemos reconocer que toda la humanidad se encontraba bajo un mismo régimen de muerte.
Los muertos oyen la voz del Hijo
Jesús declaró:
“Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.” (Jn. 5:25)
Esta declaración es fundamental, pues Jesús está anunciando el cumplimiento de una promesa mesiánica que había sido anunciada por Daniel:
“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados; unos para vida eterna…” (Dn. 12:2)
Al decir “viene la hora, y ahora es”, Jesús afirmaba que aquella promesa había comenzado a cumplirse.
Los muertos a quienes Jesús se dirigía permanecían bajo el dominio de la muerte, aunque seguían viviendo en su cuerpo mortal, es decir, seguían respirando y vivian una vida normal como cualquier mortal. Sin embargo, al oír la voz del Hijo comenzaban a participar de la vida.
Por esta razón, Jesús añadió:
“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.” (Jn. 5:28)
Daniel no presenta dos grupos físicamente resucitados siglos después, sino una separación dentro de una humanidad que permanecía bajo el mismo régimen de muerte. Algunos despertarían para vida, mientras que otros despertarían para vergüenza y confusión.
Así, la resurrección comienza con aquellos que oyen la voz del Hijo y participan de su vida, pues la hora anunciada por Jesús ya había llegado.
Referencias:
- Dan. 12:2
- Jn. 5:25
- Jn. 5:28-29
- Ef. 5:14
Los Sepulcros y el Polvo de la Tierra
Daniel habló de aquellos que dormían en el polvo de la tierra (Dn. 12:2), mientras que Jesús habló de quienes estaban en los sepulcros (Jn. 5:28). Ambas expresiones describen la condición de una humanidad que permanecía bajo el dominio de la muerte.
Para comprender este lenguaje es importante observar cómo utilizaba Jesús la palabra “muertos”. Cuando declaró:
“Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.” (Mt. 8:22)
no estaba estableciendo dos clases distintas de muerte. El cadáver que iba a ser sepultado estaba muerto, pero también lo estaban quienes lo llevaban al sepulcro. La diferencia era que unos habían dejado de respirar mientras que los otros continuaban viviendo en su cuerpo mortal. Sin embargo, desde la perspectiva de Cristo, todos permanecían bajo el dominio de la muerte.
Esta misma idea aparece cuando Jesús se dirigió a los líderes religiosos:
“Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos…” (Mt. 23:27)
Aquellos hombres no eran tumbas de piedra ni construcciones de cemento. Eran personas vivas que caminaban, respiraban y ejercían autoridad religiosa. Sin embargo, Jesús los describió como sepulcros porque permanecían bajo la muerte.
La humanidad había sido separada de la gloria de Dios:
“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.” (Rom. 3:23)
Por esta razón, cuando Daniel habló de quienes dormían en el polvo de la tierra y Jesús habló de quienes estaban en los sepulcros, el énfasis no recae necesariamente sobre tumbas literales, sino sobre una humanidad que necesitaba ser despertada de la muerte.
“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados; unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna.” (Dn. 12:2)
“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.” (Jn. 5:28)
Del mismo modo, cuando Jesús habla de quienes están en los sepulcros, no necesariamente está trasladando la atención a tumbas literales, sino a la misma humanidad que permanecía bajo el régimen de muerte descrito por Daniel y por los profetas.
Así, el despertar anunciado por Daniel y la voz del Hijo anunciada por Jesús describen una misma realidad: hombres y mujeres que debían ser llamados desde la muerte a participar de la vida manifestada en Cristo.
Referencias:
- Gn. 2:7
- Dn. 12:2
- Mt. 8:22
- Mt. 23:27
- Jn. 5:28
- Rom. 3:23
- Ef. 5:14
Cristo, las Primicias
La resurrección no comienza con toda la humanidad, sino con Cristo. Pablo declara:
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.” (1 Co. 15:20)
Al llamarlo “Primicias”, Pablo establece un principio fundamental: la resurrección no ocurre de manera aislada, sino siguiendo un orden.
“Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo…” (1 Co. 15:23)
Cristo resucitó como Primicias de la nueva creación. Así como Adán fue cabeza de una humanidad que participaba de la muerte, Cristo se manifestó como cabeza de una nueva creación llamada a participar de la vida.
Por esta razón Pablo también afirma:
“Y si las primicias son santas, también lo es la masa restante.” (Rom. 11:16)
La resurrección de Cristo no constituyó el final del proceso, sino su comienzo.
Referencias:
- 1 Co. 15:20
- 1 Co. 15:23
- Col. 1:18
- Rom. 11:16
- Hch. 26:23
El Hijo Varón y la Generación Apostólica
La resurrección iniciada en Cristo no permaneció aislada. Así como las primicias preceden a la cosecha, también existió una generación llamada a participar primero de aquella vida.
Juan describe esta realidad mediante la figura del hijo varón:
“Y dio a luz un hijo varón, que había de regir a todas las naciones con vara de hierro…” (Ap. 12:5)
Esta generación corresponde a los discípulos y apóstoles que convivieron con Cristo y fueron testigos de su resurrección. Jesús los identificó como la generación sobre la cual vendrían tanto el cumplimiento de las promesas como el juicio del antiguo régimen:
“De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.” (Mt. 24:34)
De la misma manera que Abel fue perseguido por Caín, también esta generación fue perseguida por aquellos que rechazaron al Mesías. Por ello Jesús declaró:
“Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel…” (Mt. 23:35)
Aquellos que participaron primero de la vida de Cristo también participarían de su reino y de su juicio.
Referencias:
- Ap. 12:5
- Mt. 24:34
- Mt. 23:35-36
- Mt. 19:28
- Lc. 22:30
- 1 Co. 6:2-3
Los muertos en Cristo y la Primera Resurrección
La Ley contenía una sombra profética de este proceso mediante el calendario agrícola. La cosecha nunca comenzaba con toda la producción al mismo tiempo, sino con las primicias. Del mismo modo, la resurrección comenzó con Cristo, continuó con aquellos que participaron primero de su vida y finalmente alcanzó a la masa restante.
Sin embargo, la participación en la resurrección no ocurría automáticamente. Los apóstoles enseñaron que era necesario participar primero de la muerte de Cristo para participar también de su vida.
“Porque si fuimos unidos con Él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la de su resurrección.” (Rom. 6:5)
“Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él.” (Rom. 6:8)
Esta realidad ayuda a comprender por qué Apocalipsis distingue entre aquellos que participaron primero de la vida de Cristo y los “otros muertos” que no vivieron hasta que se cumplieron los mil años (Ap. 20:5).
Referencias:
- Rom. 6:5
- Rom. 6:8
- Col. 2:12-13
- Gál. 2:20
- 2 Tim. 2:11
- 1 Tes. 4:16
Los Mil Años y la Plenitud del Reino
Después de describir a quienes participaron primero de la vida de Cristo, Apocalipsis presenta un período simbólico de mil años:
“Y vivieron y reinaron con Cristo mil años.” (Ap. 20:4)
Estos mil años no deben entenderse necesariamente como un período limitado de tiempo, sino como la plenitud del reino inaugurado por Cristo en su resurrección. Las Escrituras afirman repetidamente que su reino no tendría fin:
“Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” (Lc. 1:33)
“Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará.” (Dn. 7:14)
Por esta razón, los mil años representan la plenitud y suficiencia del reinado mesiánico, no su duración cronológica.
Dentro de esa plenitud tuvo lugar el período de juicio anunciado por los profetas y por el mismo Señor. Apocalipsis lo representa mediante los cuarenta y dos meses durante los cuales el antiguo régimen llegó a su fin.
Referencias:
- Ap. 11:2
- Ap. 11:3
- Ap. 12:6
- Ap. 13:5
- Mt. 24:21
- Lc. 21:22
Así, los cuarenta y dos meses no constituyen un reino distinto al de Cristo, sino una fase judicial dentro de la misma plenitud de su reino. Durante ese período la generación apostólica participó con Cristo en el juicio del antiguo orden, tal como había sido prometido:
“Vosotros que me habéis seguido, os sentaréis sobre doce tronos para juzgar…” (Mt. 19:28)
Referencias:
- Mt. 19:28
- Lc. 22:30
- 1 Co. 6:2-3
¿Quiénes son los otros muertos?
Después de describir a quienes participaron primero de la vida de Cristo, Juan añade una declaración que suele pasar desapercibida:
“Pero los otros muertos no vivieron hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.” (Ap. 20:5)
La pregunta es inevitable: ¿quiénes son estos “otros muertos”?
Si toda la humanidad se encontraba bajo el régimen adámico, entonces la diferencia no radica entre personas muertas físicamente y personas vivas físicamente, sino entre quienes participaron primero de la vida de Cristo y quienes permanecían todavía bajo la muerte.
Esta misma separación había sido anunciada por Daniel:
“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados; unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna.” (Dn. 12:2)
Y fue explicada por Jesús:
“Los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio.” (Jn. 5:29)
No se trata de dos humanidades distintas, sino de una misma humanidad enfrentada a dos respuestas diferentes ante la voz del Hijo.
La Primera Resurrección
Llegamos ahora a la pregunta central de este estudio.
“Pero los otros muertos no vivieron hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.” (Ap. 20:5)
Generalmente se asume que la primera resurrección corresponde exclusivamente a aquellos que participaron primero de la vida de Cristo. Sin embargo, el propio texto plantea una observación interesante: los otros muertos no vivieron hasta que se cumplieron los mil años, seguido inmediatamente por la declaración:
“Esta es la primera resurrección.”
Por esta razón debemos preguntarnos: ¿a qué resurrección se refiere Juan?
Cristo resucitó como Primicias. Después de Él, una generación participó primero de aquella vida y reinó con Cristo durante la transición entre ambos regímenes. Sin embargo, el propósito de las primicias nunca fue permanecer aisladas de la cosecha, sino anticipar aquello que alcanzaría a la masa restante.
Bajo la Ley, las primicias no constituían una cosecha distinta de la cosecha final. Eran el primer fruto que anunciaba aquello que después alcanzaría al resto. Del mismo modo, la resurrección comenzó con Cristo, continuó con aquellos que participaron primero de su vida y finalmente alcanzó a la humanidad que permanecía bajo el régimen adámico.
Por esta razón, la primera resurrección no debe entenderse únicamente como la experiencia de un grupo limitado, sino como la abolición efectiva del régimen de muerte una vez concluido el juicio del antiguo orden y establecido plenamente el reino de Cristo.
“Y la muerte y el hades fueron lanzados al lago de fuego.” (Ap. 20:14)
Si la muerte misma fue destruida, ¿qué quedaba aún para impedir que los otros muertos vivieran?
Bienaventurado el que tiene parte en la Primera Resurrección
Apocalipsis no solamente habla de la primera resurrección, sino también de aquellos que participaron primero de ella:
“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección…” (Ap. 20:6)
Así como Cristo fue las Primicias de los que durmieron, también hubo una generación que participó anticipadamente de aquella vida. Ellos fueron los testigos de la resurrección, los mártires, el hijo varón y aquellos que se sentaron con Cristo en su trono para juzgar al antiguo régimen.
Por esta razón Apocalipsis los llama bienaventurados, no porque fueran los únicos beneficiarios de la resurrección, sino porque participaron primero de aquello que posteriormente alcanzaría a la masa restante.
Referencias:
- Rom. 11:16
- Ap. 20:6
- Mt. 19:28
- Lc. 22:30
- 1 Co. 6:2-3
La Destrucción de la Muerte
Referencias:
- Is. 25:8
- Os. 13:14
- 1 Co. 15:26
- 1 Co. 15:54-55
- Heb. 2:14
La primera resurrección alcanza su manifestación plena cuando la muerte misma es destruida.
“Y la muerte y el hades fueron lanzados al lago de fuego.” (Ap. 20:14)
Desde Isaías hasta Pablo, la esperanza no consistía en la perpetuación de la muerte, sino en su abolición definitiva.
“Destruirá a la muerte para siempre.” (Is. 25:8)
“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Co. 15:55)
Si la muerte continuara ejerciendo dominio, los otros muertos permanecerían retenidos bajo el mismo régimen adámico. Sin embargo, Apocalipsis declara que la muerte misma fue juzgada y destruida. La desaparición del régimen de muerte abrió paso a una nueva condición para la humanidad bajo el reino de Cristo.
El juicio del gran trono blanco no culmina con la victoria de la muerte, sino con su derrota.
Si la muerte fue destruida y el antiguo régimen llegó a su fin, entonces la pregunta ya no es quién permanece bajo la muerte, sino qué realidad surge después de su abolición.
La Nueva Creación
Con la destrucción de la muerte y el cierre definitivo del antiguo régimen, emerge la nueva creación anunciada por los profetas y los apóstoles.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva creación es.” (2 Co. 5:17)
“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…” (Ap. 21:1)
La primera resurrección no representa simplemente el privilegio de un grupo aislado, sino la transición desde el régimen adámico hacia la nueva creación establecida en Cristo. Las primicias participaron primero de aquello que posteriormente alcanzó a la masa restante, una vez destruida la muerte y consumado el juicio del antiguo orden.
Conclusión
La primera resurrección no puede entenderse aisladamente de la muerte, el juicio y la nueva creación. La humanidad entera se encontraba bajo el régimen adámico hasta que Cristo resucitó como Primicias de los que durmieron. Aquellos que participaron primero de su vida fueron bienaventurados, pues reinaron con Él y participaron del juicio del antiguo régimen. Sin embargo, las primicias nunca constituyeron una cosecha separada de la masa restante.
Cuando la muerte fue finalmente destruida y el antiguo orden llegó a su fin, la nueva creación quedó establecida bajo el reino de Cristo. Por ello, la primera resurrección representa la victoria definitiva de la vida sobre la muerte y la transición desde el régimen adámico hacia la nueva creación en Cristo.
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Co. 15:22)
Aquellos que permanecieron identificados con el antiguo régimen comparecieron para vergüenza y confusión, mientras que la nueva creación quedó establecida bajo el reino de Cristo.
“Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.” (Ap. 20:15)
Sin embargo, la visión de Juan no concluye con el lago de fuego, sino con la nueva creación, donde la muerte ya no existe y Dios habita con los hombres.
“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…” (Ap. 21:1)
“Y la muerte no será más…” (Ap. 21:4)
